Sobre la Muerte súbita del autor Álvaro Enrigue

Vocacion

Debió ser en 2008 cuando, desde la inexperiencia del que apenas ha escrito un par de cuentos y unos poemas que más valdría la pena borrar de todos los registros, yo mismo luchaba contra la imposibilidad de contar una historia. También ese fue el año en que se presentó ante mí un libro de relatos bajo el título de “Hipotermia”, en el que se escondía un texto llamado “Sobre la muerte del autor” en el que se explora el tema de la dificultad de narrar. Existe entre los lectores cursis la teoría de que son los libros los que lo llaman a uno. Este no fue el caso: yo perseguí la obra de Álvaro Enrigue por la necesidad de saber qué clase de historias contaba aquel personaje cáustico de cierto taller literario virtual organizado por la UNAM. No intuía, eso sí, que entre sus páginas se encontrara una historia que en ese momento era relevante para lo que yo intentaba hacer. Lo que en apariencia se cuenta es la historia de Ishi, el último indio yahi en estado salvaje y que acabaría viviendo por iniciativa propia en un museo, pero de lo que en realidad se trata es de la relación que hay entre el autor y el problema que supone poner las palabras sobre la hoja.

Muerte súbita, su más reciente novela, que además se hiciera con el Premio Herralde 2013, es una extensión de lo que ya se planteaba en “Sobre la muerte del autor”. La novela usa como pretexto una imaginaria partida de tenis entre Caravaggio y Francisco de Quevedo para narrar un periodo fundamental de la construcción de lo que llamamos occidente. En la cancha inventada por Enrigue, que también puede ser llamada el lienzo sobre el cual se extiende el mural de Europa y América, aparecen personajes tan esenciales como lejanos el uno del otro, unidos todos, como la misma novela anuncia, por la necesidad de decir algo acerca tantas cosas, a saber: el choque entre España y Mesoamérica, entre la Europa conservadora que representa uno de los mayores poetas de la lengua y la Europa de la sofisticación y desenfreno del pintor, el Concilio de Trento en el marco de la Contrarreforma que habría de reafirmar el poder de una iglesia entonces fraccionada, el cambio radical en la estética de una época —los claroscuros de Caravaggio, el arte plumario resplandeciente de los amantecas—, así como la victoria y sobre todo la derrota.

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Álvaro Enrigue. Guadalajara, Jalisco. 1969.

Los libros, aunque escritos para rememorar el pasado, conversan siempre con el tiempo en que fueron creados. Lo que nos interesa no es sólo un testimonio más de la conquista o de la conformación de Caravaggio como la piedra de toque de la estética barroca en lo referente a la pintura. Muerte súbita entabla un diálogo con el pasado, está escrita desde el presente, con un narrador que a lo largo de la novela se cuestiona el proceso de escritura y lo que se supone que se quiere decir con esta historia. Ya en un cuento de Hipotermia, “Meteoros”, Álvaro Enrigue nos avisaba que una de las grandes tragedias reside en nuestra incapacidad para recordar el futuro. La misma sentencia aparece en la escena en la que Caravaggio y un par de personajes más bien turbios para la sociedad transportan uno de los cuadros más importantes del arista, La vocación de San Mateo. El espectáculo es presenciado por una multitud que intuye que ese acto era importante, y en verdad lo era: aquel cuadro definiría una época. La tragedia de quienes lo vieron fue no recordar el futuro, no saber sino acaso intuir la trascendencia de aquella imagen. Estaban en un punto de inflexión de la historia, pero no había certezas, de la misma manera en que Ishi, el indio yahi, quizá no estaba consciente de lo que su extinción, como último individuo de una tribu muerta, implicaba a la luz de la historia.

Conocí a Enrigue hace un par de años, en la presentación de la novela “Morirse de memoria” de Emiliano Monge. Por supuesto, no fui a prestarle atención a la estrella del evento literario. Además de llevarme a casa un ejemplar de su libro entonces más reciente, “Vidas perpendiculares”, con un cerdo campirano a modo de autógrafo, tuve la oportunidad de conversar algunos minutos con él hasta que su esposa, entonces embarazada, lo reclamó. Coincidimos en algo: que Vargas Llosa era el gran narrador de nuestra lengua. Si alguien habría de llevar hasta terrenos antes no explorados la escritura sería el autor peruano. No se trataba sólo de presentar un tema, sino de encontrar una forma para narrarlo. Siempre ha existido el debate acerca de qué es lo más importante, si la historia o cómo se cuenta. Tiendo a favorecer el segundo y sospecho que Enrigue también: así como Conversación en La Catedral no se habría beneficiado de la linealidad, la historia de Ishi necesitaba que alguien explorara los entresijos del gran problema que supone hablar de él. Esto es también cierto para el grueso de la obra del autor y es sobre todo notorio en Hipotermia, el libro de cuentos que más bien parece una novela, o Vidas perpendiculares —donde ya aparecía Quevedo—, la novela desgranada en cuentos, y ahora Muerte súbita, mucho más arriesgada y ambiciosa.

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Después de leer este libro no me quedó más que el silencio. Una imagen sobrecogedora se quedó dando vueltas en mi imaginación, aquella en la que Pío IV recuerda el incendio de Roma provocado por Nerón e imagina lo mismo con Trento, la ciudad que albergaría el punto de quiebre de la iglesia de entonces. «Pudo ver cómo, al final, ya que todo había pasado, brotaba del campo de cenizas un árbol nuevo, embrionario y ambarino; un árbol de nervio y músculo, un árbol que, disipado el humo del incendio, abriera los dedos al sol como una mariposa de carne». La novela no es muy diferente a la visión que Pío IV tiene sobre el mundo renovado, porque las historias plantean nuevas posibilidades, y la de Enrigue es especialmente fecunda en ese respecto. Me preguntaba, entonces, qué podría decir sobre ella. Entendí que más valioso que una reseña sería un testimonio breve y personal de la prosa y las obsesiones del autor. Muerte súbita, más allá de sus temas principales, invita también al diálogo, al cuestionamiento, al debate sobre la naturaleza de la literatura y al oficio casi siempre tortuoso del escritor.

No debería sorprendernos le hecho de que el pasaje más citado de la novela por los críticos sea aquel en el que el autor dialoga con su propia obra y cuestiona sus intenciones. «No sé, mientras lo escribo, sobre qué es este libro. Qué cuenta (…) Tal vez sea un libro que se trata solamente de cómo se podría contar este libro, tal vez todos los libros se traten sólo de eso. Un libro de vaivenes, como un juego de tenis». Esta irrupción súbita también nos muestra la honestidad con la que está construida esta novela. Ya desde las primera páginas, antes de la declaración de motivos, el escritor había aparecido dando pistas sobre las razones de narrar esta historia, que también se vuelve incendiaria y personal por momentos. Es un recurso efectivo que no juega en contra del autor. Esto nos permite conocer también el desarraigo de los escritores ante la historia, la relación estrecha que hay entre las palabras, las anécdotas y quien las escribe. Por eso también debo ser honesto: de haber estado presente en la contienda, yo habría apostado todo a Quevedo.





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