René Magritte: arte y representación

Magritte

De objetos, nombres y visiones.

La ilusión causada por la reflexión de luz atravesando diversas capas de aire de densidad heterogénea, nos muestra los objetos distorsionados, tal como sí se encontraran debajo del agua. Este fenómeno, mejor conocido como espejismo, es sin duda una de las ilusiones ópticas más comunes. La cual, si bien es causada por una confusión sensorial, ha alimentado desde hace muchos años la imaginación de quien la vive.

¿Es que la naturaleza nos quiere engañar o es sólo nuestro afán por romper con la ordinaria cotidianidad lo que nos hace percibir los objetos de maneras distintas?

En un ejemplo más concreto, un hombre ataviado con un abrigo negro se dispone a salir de su casa. Momentos antes de hacerlo se detiene ante un espejo cuyo marco dorado se sitúa justo encima de un aparador de mármol que sostiene un libro. De pronto, la imagen que debiera proyectarse en el cristal se ha ahuyentado para siempre, dejando el vacío de una efigie duplicada. La nuca y espalda del sujeto que ha perdido la posibilidad de ver su rostro otra vez.

El óleo sobre tela de René Magritte, La reproducción prohibida de 1937 (fig. 1), muestra exactamente el momento de éste suceso. El desconcierto de un semblante desconocido en una realidad visiblemente alterada. La del arte. Sin embargo, ¿Por qué nos parece extraña esta imagen a pesar de tener plena conciencia de su naturaleza artística, de su poética artificialidad? ¿Es que el arte debe tender a representar la realidad?

Fig.1

Fig. 1

Según la teoría platónica es propiamente esta característica la que hace del arte un artífice del engaño. Es solamente la copia de un mundo que por sí mismo es simulación de otro universo, el de las ideas. No obstante, la concepción clásica sobre el quehacer artístico es indiscutiblemente mimética. Está encaminada en la búsqueda por el perfeccionamiento técnico que alcance la transustanciación de la re-presentación por la re-creación de universos.

Un ejemplo bastante ilustrativo de lo anterior lo encontramos en el mito de Zeuxis y Parrasios. Pintores de gran maestría técnica quienes se enfrentan en un concurso para decidir quién será el mejor artista. Así, Zeuxis devela su pintura. Lienzo que muestra unas uvas de excelsa manufactura al grado que los pájaros bajan del cielo a intentar picotearlas. Zeuxis parece confiado y pide a Parrasios correr la cortina que cubre su pintura encontrándose con la sorpresa que dicha cortina es en sí misma la pintura del artista. A lo que Zeuxis dirá: – yo he engañado a los pájaros pero Parrasios me ha engañado a mí.-

¿En que radica entonces la argucia aquí mencionada? ¿Es que el arte es falaz por naturaleza? o, ¿será la expectativa de una realidad ideal lo que nos lleva al límite de la desilusión?

Parece que Magritte conocía muy bien la historia y gustaba de resaltar la falsedad de nuestro entorno aludiendo a la copia mimética en pinturas como La condición humana (fig. 2) de 1935, y es claro que el arte, tal como Gadamer afirma, es visión de un mundo inaugurado por la propia obra. De manera que, “nadie puede cerrarse a la idea de que la obra de arte, en la que el mundo surge, no sólo llega a ser experimentable como llena de sentidos, sentidos que antes no eran conocidos, sino que en la misma obra de arte algo ha sido llevado a la existencia.”[1]

Fig.2

Fig. 2

Así, la obra de Rene Magritte intenta poner en crisis la tradición iconográfica que relaciona los objetos con sus nombres. Etiqueta que, tal como Nelson Goodman propone, abre paso a diversas maneras de hacer mundos.  

La traición de las imágenes, de 1929 y 1948 (fig. 3 y 4), así como Los dos misterios (fig. 5), del año 1966; muestran la entrada a este nuevo territorio donde la representación de los objetos comienza con el rompimiento de la relación entre la presencia objetual y la existencia lingüística.

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Fig. 3

Fig.4

Fig. 4

Mejor conocidos como Ceci n’est pas une pipe (Esto no es una pipa), los tres cuadros representan una obviedad aparentemente resuelta. El dibujo de una cosa determinada no le reemplaza. Es decir, la forma de un objeto reproducido de la cotidianidad no hace materialmente a éste. Mucho menos su nombre.

Fig.5

Fig. 5

El razonamiento es aparentemente simple y puede ser reforzado con la obra La clave de los sueños (fig. 6) de 1930. Lienzo donde se muestran diversos artículos de uso común entre los que se encuentra un vaso, un huevo, un sombrero, un martillo, un zapato y una vela. Cada uno, acompañado por una palabra que bien podría definir aquello representado. Pero, pasa algo extraño. A la imagen de un sombrero se presenta la palabra la neige (la nieve), así como al retrato de un zapato de dama se puntualiza el término la lune (la luna).

Es claro que los títulos no aluden al objeto en cuestión y fácilmente se podría replicar que un sombrero no es la nieve, al tiempo que la representación de un sombrero no es en ningún momento el verdadero sombrero, o que la imagen de este no es para nada la nieve que podría considerarse el objeto aludido.

La cuestión aquí es que ninguno de los dos es lo que dice ser, así como el arte no debiera ser reflejo de una realidad que, de por sí, es tan subjetiva como personas hay en el planeta.

Fig.6

Fig. 6

¿Dónde queda la realidad ahora? Quizás el discurso de Magritte nos revela una crisis existente desde hace tiempo.

Las lecturas continúan y forman parte del arte posterior a Magritte transgrediendo los límites espaciotemporales de la pintura para situarse dentro del territorio del arte conceptual y el arte objeto, descendiente directo del ready made duchamptiano, y en los cuales, la obra Una y tres sillas realizada por Joseph Kosuth en 1965 (fig. 7), es un gran ejemplo. El objeto silla ha perdido su utilidad, homogenizándose con su re – presentación fotográfica y su definición lingüistico – conceptual.

Ilusión o no, la reflexión es evidente. ¿Que hace a un objeto ser lo que es? ¿Es su nombre, forma o materia? o, ¿es la imagen que nosotros nos hacemos de ella? Sea cual sea la respuesta, es evidente que nunca concordará con un contexto tan aleatorio como el nuestro.

Fig.7

Fig. 7

 


[1] Ver Hans-Georg Gadamer, “La verdad de la obra de arte”, Cuestiones hermenéuticas. De Nietzsche a Gadamer, Trad. María Antonia gonzález Valerio, México D.F., Facultad de Filosofía y Letras, UNAM, 2006.





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